Mundillo del arte

El día que comí palitos de la selva con Api

mayo 15, 2016

Api
Le gusta sentarse en su banquito de madera y observar la Plaza Lezama desde su ventana en un departamento amplio y luminoso de la Avenida Caseros. Con curiosidad extrema, vista de lince y agudeza crítica va enumerando uno a uno los personajes que pasean por los alrededores del museo histórico. Menciona solo los que le llaman la atención “la chica del gorro rojo”, “el hombre de zapatos blancos”, y otras veces hace un reduccionismo formal de las personas y las convierte en colores: azul, gris, verde, azul, blanco, enumera por un rato largo. Pero lo que más le llama la atención a Api -como le dicen sus nietos- son los árboles. Pasamos gran parte de la tarde diferenciando uno de otro, hablando de sus copas, de los distintos verdes, de cómo se mueven en el aire y de cómo la lluvia les cae de manera oblicua. Al final de cuentas, cuando uno habla con un artista surgen los mismos temas que aborda en sus lienzos. Por momentos intercalamos en la conversación reflexiones sobre las nubes, me cuenta que puede perder horas viendo cómo se arman y se desarman en el cielo. Le ofrezco unos palitos de la selva y jugamos a adivinar los animales del envoltorio, aprovecha para hablarme de los pájaros. Pregunta si se esconden en el árbol más grande de la plaza, yo le digo que seguramente, que si yo fuera pájaro, me escondería ahí sin duda. Cuando se hace la hora de marcharnos, nos despedimos con una sucesión de risas histriónicas que aparentemente tenemos en común. Cruzamos con Juan a la cuadra de enfrente y la vemos asomar por la ventana. “Chau Api” le digo en voz alta sin que me escuche por la distancia mientras hago el gesto de adiós con la mano. Suena el canto de un pájaro desde la copa del árbol más grande. Es como el silbido que Josefina Robirosa le hacía a su nietos cuando eran pequeños respondiendo al “Api” que a los gritos le hacían los tres desde la planta baja, cada vez que llegaban a su casa/taller de la Avenida Caseros.

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